Al maestro le invitaron a dar una charla en una prestigiosa universidad, y aceptó encantado.
Antes de la conferencia, le enseñaron todas las dependencias y le explicaron la inmensa cantidad de materiales y medios de que aquella universidad disponía para educar a sus alumnos. El maestro quedó maravillado ante aquellos adelantos, que él no había conocido en su tiempo
Cuando se levantó para hablar en la sala repleta de gente, fue muy breve, como siempre. Esto es lo que dijo:
—Laboratorios y bibliotecas; máquinas, programas, sistemas modernos; sabias palabras, técnicas y conferencias; grandes edificios... todo esto no sirve de nada si no hay un corazón honesto y limpio y una mirada inteligente.
Las causas de este fenómeno son complejas, pero su raíz hay que buscarla en primer lugar en las transformaciones frecuentemente negativas que ha sufrido el núcleo familiar —la primera instancia educativa del ser humano, y precisamente aquella que tiene la mayor responsabilidad a la hora de trasmitir los valores.
Educar en valores consiste en la transmisión de valores, principios y creencias que orienten a los jóvenes en la práctica de unas conductas sanas que les ayuden en su desarrollo y crecimiento personal. Su objetivo es doble: por una parte, persigue la prevención y solución de conductas antisociales provocadas por la falta de valores; en segundo lugar, el horizonte último de la educación en valores es el cultivo de una actitud mental positiva, clave de lo que se viene llamando “salud mental”, la cual es indispensable para la felicidad humana. Educar en valores es, pues, lo mismo que educar para la felicidad.
Es un hecho comprobado que las instancias comprometidas en la educación dan cada vez más importancia a la educación en valores, recomendando que sus principios formen parte esencial de los contenidos curriculares. Esta tendencia se debe a la alarma creada en la sociedad por la degradación de valores que se observa en un sector creciente de la juventud actual. Este fenómeno se refleja en una serie de conductas antisociales que dejan traslucir el vacío existencial y la rebeldía de una parte de la juventud ante un conjunto de circunstancias que dificulta su realización personal: indisciplina, amoralidad, fracaso escolar, adicciones de todo tipo, conductas violentas, etc.
Las causas de este fenómeno son complejas, pero su raíz hay que buscarla en primer lugar en las transformaciones frecuentemente negativas que ha sufrido el núcleo familiar —la primera instancia educativa del ser humano, y precisamente aquella que tiene la mayor responsabilidad a la hora de trasmitir los valores.
Hasta hace bien poco, los valores tradicionales conformaban un “patrimonio ético” que constituía la piedra angular de nuestra cultura. Pero, en aras de una mal entendida modernidad, ese patrimonio ha sido sacrificado en gran parte, por juzgarle anticuado e ineficaz para una sociedad que, transformada profundamente por el desarrollo tecnológico, ha revolucionado completamente nuestras vidas, cuestionando con el descreimiento y el escepticismo muchos de aquellos valores tradicionales que orientaban nuestra civilización.
Esta destrucción o degradación de los valores ha afectado de forma especialmente negativa a una parte considerable de la juventud actual, pues le ha escamoteado una herencia que, con las debidas adaptaciones a los nuevos tiempos, era nuestro deber haberle transmitido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario